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miércoles, 24 de diciembre de 2014

¿Ciudades españolas?

Como os contábamos, tras mucho buscar encontramos un transporte para ir desde Antigua (Guatemala) hasta León (Nicaragua). Era complicado porque el 90%  de los transportes iba hasta Managua y muchos de ellos haciendo una parada de una noche en San Salvador, donde había q buscarse las habichuelas. Y ni queríamos ir a Managua (donde por cierto, hubiéramos llegado a las 23h) ni queríamos parar en San Salvador. Así que pagamos una buena suma por un "transporte cómodo" que se convirtió en una pesadilla de 15h de duración, comenzando a las 02h de la mañana y pasando además por tres fronteras bajo un sol asfixiante que vimos aparecer y desaparecer demasiado rápido. En resumen, desconfiad de Gekko Trail Adventures.
Así llegamos a León, una ciudad altamente recomendada en las guías de turismo y en internet. Siendo sinceros, como ciudad de paso para estar una noche, está bien. Para más no merece la pena. Es como un pueblo con dos o tres iglesias y una catedral sin mucho encanto, donde el hormigón destaca por encima de todo y por casi cualquier cosa que quieras hacer te cobran al menos 50 dólares. No hay comparación entre las dos ciudades homónimas.



Desde allí fuimos a la playa de Las Peñitas, a 45 minutos de León. Es una playa en el Pacífico chula, donde Miguel se lo pasó en grande jugando con las grandes olas y vimos atardeceres realmente increíbles. La playa como tal la podríamos dividir en dos partes, la cercana al pueblo que es bastante fea y sucia, y la que se adentra en la reserva natural de las isla de Juan Venado que es virgen, con vegetación y más salvaje con la belleza que estas tres cosas conllevan. 








Gracias a un chico francés muy majete que conocimos pudimos hacer un recorrido en lancha por los manglares de la reserva, a un precio bastante asequible en el que vimos un montón de aves y pasamos unas horas muy entretenidas, incluso tuvimos la suerte de poder ver nacer una tortugita!!!! En esta localidad pudimos además degustar el pescado fresco del día que fue maravilloso y que nos ayudó a evadirnos del menú diario de arroz, frijoles y tortillas de maíz.















Unas horas más de autobús y llegamos Granada, que nos contaron que su nombre provenía de su parecido con la ciudad española, "muy colonial" -ja!- si bien es cierto creemos que es la ciudad más bonita de Nicaragua: agradable, colorida, muy muy colonial y bien cuidada, no tiene nada que ver con nuestra Granada, como les explicamos y aprovechamos también para explicarles la similitud entre los dos "Leones", para que no hubiera lugar dudas. Granada también tiene de bonito estar a orillas del lago Cocibolca, el más grande de Centroamérica. 






En nuestro afán por ver lava, intentamos acceder al volcán Masaya, que se encuentra en las cercanías, por la tarde-noche que es cuando, sin luz, se puede ver la incandescencia del cráter. Tuvimos la mala suerte de que ese día había un evento del gobierno en el volcán y cerraba al público por la tarde, así que asumimos nuestro sino de no ver nada parecido a la lava, y fuimos durante la mañana. Aún así la visita mereció la pena. El cráter se ve perfectamente, un agujero profundo y definido, inmenso, continuamente emanando gases de azufre (que por cierto no nos afectó al respirar como mucha gente había contado en la web). Una vista sobrecogedora. Nos lo imaginamos con la lava y pudimos entender por qué los españoles a su llegada lo llamaron "La boca del infierno". En sus inmediaciones hay otros cráteres más, éstos inactivos, cubiertos de vegetación y una inmensa laguna, cuyo conjunto de 54km2 nos explicaron que formó parte de un antiguo cráter gigante de un mega volcán hace millones de años.



viernes, 19 de diciembre de 2014

Hasta la vista, chapines!!!

Nuestro último destino en Guatemala fue la ciudad de Quetzaltenango (conocida como Xela). Llegamos hasta aquí con la intención de ver lava en el volcán Santiaguito. Nuestras esperanzas se desvanecieron al comprobar que las garantías eran mínimas y que, al parecer, era la travesía más dura de todo el país, sumado a que el precio era desorbitado. Nos tuvimos que conformar con subir al "mirador del Santiaguito", un punto de vista desde el volcán Santa María (que se encuentra enfrente y fue el origen del Santiaguito).
Desde allí pudimos observar dos de las frecuentes erupciones del volcán, en su mayor parte de cenizas, piedras y humo, y nos impresionó el sonido retumbante de las mismas, como si de una sucesión de truenos poderosos encadenados se tratase.


Al final quedamos muy contentos de esta caminata porque además de ver un volcán en acción, disfrutamos de una travesía muy agradable entre abundante vegetación.




De la ciudad en sí diremos que a pesar de que está descrita como una bella ciudad colonial, a nosotros nos pareció bastante fea y con pocos edificios de aquella época, aunque eso sí, mucho más auténtica que el resto de destinos turísticos.




Con esto y un bizcocho, partimos bien tempranito hacia Antigua para conectar con un transporte hacia Nicaragua, donde llegaríamos 36 h más tarde... pero esto es parte de otra entrada. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Rodeados de volcanes

Tras la escapada de Livingston, llegamos a Antigua. Esta ciudad colonial fue la antigua capital de Guatemala, desde mediados del 1500 hasta que fue devastada por un terremoto en 1773. De aquel entonces quedan como testigos muchos de los edificios de la época sin reconstruir. El resto de la ciudad fue levantada desde sus cimientos. Es un lugar colorido, abarrotado de turistas, parece casi "maquillado" para éstos. 
Vista del Antigua y volcán del Agua desde el cerro de la Cruz


Aprovechamos para subir al volcán Pacaya, un volcán activo que para nuestra tristeza en estos momentos no mostraba lava aunque las vistas desde su cráter fueron espectaculares. Además había muchas fumarolas, e impresiona cómo la lava se había ido abriendo camino cubriendo la vegetación de la montaña.


Volcán de Fuego, desde el Pacaya

Desde allí viajamos a Panajachel, el pueblo más accesible desde Antigua situado en la orilla del lago Atitlán. Como no nos convencían los precios del transporte privado, nos lanzamos y nos volvimos a atrever en el transporte público, el chicken bus. Esta vez no fue tan traumático y reducimos el gasto de 32€ a 7 yendo en esas "líneas de Dios".


Ya descendiendo desde Sololá para llegar a Panajachel pudimos apreciar que éste era un de los lugares más bonitos que hemos visitado. El lago es un antiguo cráter de 80.000 años de antigüedad rodeado de varios cerros y de tres imponentes volcanes, componiendo un paisaje espléndido. Ni Panajachel ni ningún otro pueblo de los que visitamos alrededor de Atitlán hacen justicia al lugar en el que se encuentran. Son realmente feos (la mayoría de las construcciones son de cemento, aglomeradas) y con un ambiente poco auténtico, muy centrado en las escuelas de español para extranjeros y las instalaciones necesarias para que estén cómodos. No hemos visto nada del supuesto rollo bohemio, hippie o de meditación, salvo algunas personas y centros dispersos. 





San Juan de la Laguna










Coincidió nuestra estancia con uno de los días de mercado en Chichicastenango, el más famoso de Guatemala, y allá que nos fuimos con nuestro chicken bus. Pensábamos que estaría atestado de extranjeros y para nuestra sorpresa no fue así. Aunque hay un poco de todo, la mayoría está enfocado a la compra y venta entre los locales. Un mercado que no nos pareció tan grande pero en el que te podías perder entre callejuelas repletas de diversas mercancías. Por suerte alcanzamos a ver algún rito maya en una de sus iglesias.
Mercado de Chichicastenango


Lo mejor de estos días fue el ascenso al cerro Rupalaj K'istalin o cerro de La nariz del indio.   
Comenzamos a las tres de la mañana y realizamos una subida de 1.200 m envueltos en la oscuridad de la noche. El ascenso fue más rápido de lo previsto pero no por ello menos duro. Multitud de escalones excavados en la tierra nos ayudaron pese a que nos destrozaron las piernas. Cuando llegamos a la cumbre aún faltaba rato para el amanecer, y la vista del lago-cráter ya te dejaba sin aliento. Fue algo especial. Estuvimos unas dos horas saboreando las distintas tonalidades del amanecer y haciendo cientos de fotos, de las que os dejamos una muestra para que podáis imaginaros lo que sentimos.