.

.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Rodeados de volcanes

Tras la escapada de Livingston, llegamos a Antigua. Esta ciudad colonial fue la antigua capital de Guatemala, desde mediados del 1500 hasta que fue devastada por un terremoto en 1773. De aquel entonces quedan como testigos muchos de los edificios de la época sin reconstruir. El resto de la ciudad fue levantada desde sus cimientos. Es un lugar colorido, abarrotado de turistas, parece casi "maquillado" para éstos. 
Vista del Antigua y volcán del Agua desde el cerro de la Cruz


Aprovechamos para subir al volcán Pacaya, un volcán activo que para nuestra tristeza en estos momentos no mostraba lava aunque las vistas desde su cráter fueron espectaculares. Además había muchas fumarolas, e impresiona cómo la lava se había ido abriendo camino cubriendo la vegetación de la montaña.


Volcán de Fuego, desde el Pacaya

Desde allí viajamos a Panajachel, el pueblo más accesible desde Antigua situado en la orilla del lago Atitlán. Como no nos convencían los precios del transporte privado, nos lanzamos y nos volvimos a atrever en el transporte público, el chicken bus. Esta vez no fue tan traumático y reducimos el gasto de 32€ a 7 yendo en esas "líneas de Dios".


Ya descendiendo desde Sololá para llegar a Panajachel pudimos apreciar que éste era un de los lugares más bonitos que hemos visitado. El lago es un antiguo cráter de 80.000 años de antigüedad rodeado de varios cerros y de tres imponentes volcanes, componiendo un paisaje espléndido. Ni Panajachel ni ningún otro pueblo de los que visitamos alrededor de Atitlán hacen justicia al lugar en el que se encuentran. Son realmente feos (la mayoría de las construcciones son de cemento, aglomeradas) y con un ambiente poco auténtico, muy centrado en las escuelas de español para extranjeros y las instalaciones necesarias para que estén cómodos. No hemos visto nada del supuesto rollo bohemio, hippie o de meditación, salvo algunas personas y centros dispersos. 





San Juan de la Laguna










Coincidió nuestra estancia con uno de los días de mercado en Chichicastenango, el más famoso de Guatemala, y allá que nos fuimos con nuestro chicken bus. Pensábamos que estaría atestado de extranjeros y para nuestra sorpresa no fue así. Aunque hay un poco de todo, la mayoría está enfocado a la compra y venta entre los locales. Un mercado que no nos pareció tan grande pero en el que te podías perder entre callejuelas repletas de diversas mercancías. Por suerte alcanzamos a ver algún rito maya en una de sus iglesias.
Mercado de Chichicastenango


Lo mejor de estos días fue el ascenso al cerro Rupalaj K'istalin o cerro de La nariz del indio.   
Comenzamos a las tres de la mañana y realizamos una subida de 1.200 m envueltos en la oscuridad de la noche. El ascenso fue más rápido de lo previsto pero no por ello menos duro. Multitud de escalones excavados en la tierra nos ayudaron pese a que nos destrozaron las piernas. Cuando llegamos a la cumbre aún faltaba rato para el amanecer, y la vista del lago-cráter ya te dejaba sin aliento. Fue algo especial. Estuvimos unas dos horas saboreando las distintas tonalidades del amanecer y haciendo cientos de fotos, de las que os dejamos una muestra para que podáis imaginaros lo que sentimos.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

La puerta de Centroamérica

Cruzamos la frontera atravesando de orilla a orilla el río Usumacinta en una pequeña lancha. Allí nos esperaba una vieja furgoneta desvencijada en la que viajaríamos una hora hasta el puesto fronterizo y varias más hasta la isla de Flores por un camino de tierra, baches y piedras, un total de siete horas para recorrer 148 km. Fue nuestra primera toma de contacto con el transporte en Guatemala.






Flores no tiene especial atractivo salvo estar situada en medio del lago Petén Itza lo que le confiere una belleza singular. Seguimos intentando probar la gastronomía local, y aquí comimos en unos puestecillos unas magníficas tortas duras que nos supieron a gloria.
Al día siguiente visitamos bien temprano las ruinas de Tikal, un inmenso centro urbano de la antigua civilización maya, que pudo tener cerca de 300.000 habitantes. Lo que más impresiona es que están camufladas entre la jungla, y según paseas, aparecen de la nada imponentes templos que se alzan por encima de los árboles más elevados de la selva. Las vistas desde el famoso templo IV (Serpiente bífida) son espectaculares: 75km de verde se pierden en el horizonte y los templos más altos se asoman entre la imponente naturaleza.








Para bajar hasta Lanquín, llegamos a conseguir lo que nos pareció un muy buen precio, 50 quetzales (5€). El llamado minibus resultó ser una furgoneta muy incómoda en la que hicimos otras ocho horas de viaje, incluyendo el cruce de un río en "ferry". 


Una vez allí, íbamos todos juntos, nosotros y las mochilas en la parte trasera de una camioneta, eso sí, disfrutando de un paisaje increíble. Nos alojamos en El Portal, unas cabañas en la ribera del río Cahabón que merecieron mucho la pena.
Desde allí, y a sólo 5 minutos caminando, se puede acceder a la reserva de Semuc Champey. Son unas pozas formadas por el desplazamiento de una gran plataforma rocosa, apoyada por encima del río. Éste fluye por debajo con furia a lo largo de 300 m, y las pozas, que se nutren de riachuelos que bajan de las montañas, son azul turquesa. Allí pudimos pegarnos un buen chapuzón, de poza en poza. Hay un mirador al que se llega dando un paseíllo, desde el que se puede admirar este espectáculo de la naturaleza rodedeado de tupida selva allí donde mires.










Al lado de Semuc se encuentran las cuevas de K'an-Ba, aunque un poco más explotadas de lo que recordaba Raquel, nos dicidimos a recorrerlas ya que el grupo se componía de una pareja de italianos (muy majos) y nosotros. Oscuras, inundadas y portando en la mano sólo una vela suponen una aventurilla bastante divertida para todo el que se atreva a entrar. El recorrido de casi dos horas nos llevó a través de estrechos túneles, siguiendo el curso de un río subterráneo, que por momentos tuvimos que nadar e incluso escalar algún salto de agua para llegar a varias grandes cuevas donde el agua había formado caprichosas formas en la roca. Salimos muy contentos y las recomendamos.

Después quisimos ir hasta Río Dulce. Como habíamos conseguido tan buen precio desde Flores, decidimos que los 160 que nos pedían por el trayecto eran un abuso, y apostamos por el transporte público, grave error. De las supuestas 5'30h iniciales, tardamos 13. Un total de 5 transbordos a los que llegamos con mucha suerte y por los pelos, en furgonetas en las que de dos asientos sacan cinco o seis (los niños no cuentan, van encima sean los que sean), compartiendo lugar con plantas y pavos como pasajeros adicionales y pasando de mano en mano un bebé para que pudiera llegar hasta su madre, comida, dinero... solidaridad ante todo cuando nadie puede moverse ni un pelo.

En Rio Dulce nos alojamos en un hostel llamado Casa Perico. Su situación es envidiable ya que se encuentra en la orilla del lago Izabal, metido entre los manglares y como está alejado de todo, pudimos saborear su rica comida. Un gran lugar para descansar. La pena fue el tiempo, que no paró de llover y nos impidió ir en las canoas del hostel por el lago.
Para llegar a Livingston cogimos una lancha que nos hizo un recorrido increíble a través del río Dulce  hasta su desembocadura. Fue una gozada navegar entre paredes cubiertas de frondosa vegetación, algo difícil de explicar.


Livingston fue una pequeña decepción. Nuestro mayor interés era poder ver a los garífunas (antiguos esclavos africanos traídos a centroamérica) y sus afamados bailes, pero para nuestra sorpresa el día que estuvimos los locales estaban cerrados y no los vimos. Al menos pudimos probar el "tapado", típico plato del lugar que consiste en sopa de leche de coco con marisco, pescado y plátano.


Como seguía lloviendo, las playas fueron olvidadas y decidimos cambiar de destino.