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martes, 24 de marzo de 2015

El último continente 2º parte (La Antártida)



10 de marzo de 2015.
La mañana volvió a desperezarse gris, aunque el sol pugnaba por destacar como una esfera pálida en lo alto del cielo. Nuestra primera parada fue en Cuverville Island  que alojaba una población de pingüinos “Gentoo” de 4.000 parejas con sus respectivos descendientes. Los jóvenes polluelos, algunos mudando su plumaje hacia el de adulto, no podían reprimir su curiosidad al vernos desembarcar y, con andares torpes y graciosos, si no estaban ocupados en demandar comida a sus progenitores, se aproximaban lo suficiente como para prácticamente poder achucharlos.


Lo más emocionante del viaje nos aguardaba de camino hacia el barco. Dimos una pequeña vuelta en la zodiac entre impresionantes montañas de cristal flotando en un agua callada y opaca, con el sol a modo pequeña linterna colgando en un escenario plomizo. Cada iceberg era más impresionante que el anterior, de formas y brillos inimaginables. 


Casi a punto de regresar, avisaron por la radio de que había una ballena jorobada muy cerca y efectivamente, al poco avistamos el lomo a unos 30 metros de nosotros. Estuvimos allí, observando sus repetidas zambullidas y reapariciones, cuando la cabeza apareció a dos metros de la zodiac. Se elevó, se sumergió, casi rozándonos, y se deslizó elegantemente por debajo de nosotros.  Se nos cortó la respiración mientras la veíamos pasar (se transparentaba debajo del agua) e increíblemente, volvió a emerger en el otro lado, enfrente de nosotros. De nuevo, se elevó, descendió, y repitió el movimiento, elevando su cabeza al otro lado –casi podíamos tocarla!- saludándonos y, tranquilamente, se fue alejando tras ofrecernos un espectáculo que nunca olvidaríamos.

Esa tarde bajamos en Neko Harbor, en el continente, donde se extendía ante nosotros un extenso glaciar de azules y blancos, enorme, agrietado y brillante, que pudimos admirar desde lo alto.


Desde arriba, el mar, negro y salpicado de hielo, se antojaba un cielo estrellado en una noche clara y fría donde truenos de una tormenta lejana resonaban según el glaciar se desmigaba sobre la oscuridad.




Una vez de vuelta en el barco, disfrutamos de un delicioso asado en la cubierta, al que tuvimos que acudir con originales sombreros que diseñamos en cuestión de cinco minutos para poder hincar el diente. 

11 de marzo de 2015
De todos los días, si rogábamos por tener uno despejado, tenía que ser éste, ya que al poco de amanecer atravesaríamos el Canal de Lemaire, de una anchura de 900m en su parte más estrecha, escoltado por montañas escarpadas y blancas, flanqueadas por glaciares y bañadas en hielo que lo convierte en uno de los lugares más fotografiados de la Antártida. Y, tras ser deseado intensamente por todos, así fue. El alba se tiñó de rosa en un agua tan reposada que parecía una sopa espesa y, mientras el día clareaba bajo la atenta mirada de la luna, un impresionante pasaje se descubrió ante nosotros.Nos apretujamos en la proa ateridos de frío pero emocionados mientras nos aproximábamos en silencio hacia el canal. Sólo se escuchaba el viento glacial y los bloques de hielo chocar contra el casco mientras nos desplazábamos, por lo demás, con gran suavidad. En esa media hora paladeamos, en lujosa exclusividad, una perfecta sinfonía de la naturaleza, que habitualmente interpreta para sí misma, sin público que la aplauda. El cielo aún conservaba tintes rosados, la luna continuaba vigilante, y las altas montañas de chocolate rociadas de nata, los glaciares y la nieve nos flanqueaban y, ante nosotros, las altas paredes confluían en un solo punto más adelante, mientras los bloques de hielo bailaban bajo nosotros y, entre ellos, varias ballenas Minke y una pareja de focas comenzaron a brincar ante el límpido día que se avecinaba.

Durante esa espléndida mañana, navegamos en las zodiac por Pleaneu Bay entre las colosales esculturas de hielo que se balanceaban tranquilas sobre el espejo que las reflejaba. Grandes rascacielos, copetes de helado, pirámides, arcadas, tartas cubiertas de merengue, y otras mil formas impensables destellando simultáneamente bajo un sol que, tras llevar tantos días ausente, brillaba hoy con especial fuerza. En su conjunto, el paisaje era totalmente irreal, y nos parecía que acabábamos de aterrizar en otro planeta.No contentos con eso, vimos el primer pingüino Adélie, si bien era complicado ya que a estas alturas de la temporada habían viajado casi todos hacia el mar.



Por la tarde, otro paraíso nos esperaba en Peterman Island. El cielo permanecía de un azul profundo, y el sol era un globo blanquecino y radiante. Presenciamos la actuación de cientos de gentoos dando carreras, persiguiéndose, tropezando, cayendo, resbalando y también posando para nuestras cámaras. Subiendo a lo alto del montecito, las vistas eran grandiosas. El mar, hasta donde se perdía la vista, cubierto de icebergs y bloques de hielo de mil formas y tamaños; en frente, las gigantes montañas cuyos valles estaban tapizados de glaciares y, dominando el aire, los skuas, ágiles y feroces, al acecho de algún pingüino descuidado.



A la vuelta, había llegado el momento de que los más valientes mostraran agallas. Era la hora del… POLAR PLUNGE! que en cristiano significa el chapuzón polar! Del equipo sólo Miguel, con la camiseta voltereta, y Marine, fueron lo suficientemente bravos para lanzarse a las gélidas aguas (de las que previamente habían retirado el hielo).
12 de marzo de 2015
Este día, la Antártida había decidido que nuestra suerte ya casi se había acabado; amanecimos con un fuerte y gélido viento, el cielo totalmente encapotado y con una sensación de pesar ya que todos sabíamos que estos serían nuestros últimos momentos en el continente austral.
Tras recobrar energías con otro magnífico desayuno, nos cambiamos lo más rápido que pudimos para salir en lo que a la postre sería nuestra última expedición. Paradise Bay fue el lugar escogido para realizar la navegación en zodiac y no supuso ninguna decepción. Tras bordear unos escarpados riscos, llegamos a la bahía propiamente dicha, parecía que nos habíamos cambiado de mundo y nos adentrábamos en uno de gigantes, rodeados de descomunales glaciares y navegando entre enormes icebergs. Durante gran parte del recorrido tuvimos que navegar abriéndonos camino entre innumerables cascotes de hielo donde el agua apenas se dejaba entrever. Parecía que nos agitásemos dentro de una cubitera.
Pese a las adversas condiciones climáticas sentimos la libertad de navegar entre el fuerte viento y el incipiente oleaje que nos golpeaba al regreso.
Después de esta pequeña incursión nos esperaba, en la península Sanavirón, la visita a la base argentina Almirante Brown. El viento era atronador. Subir hasta la cima de la colina supuso un reto, no por lo complicado de la caminata sino por las rachas de más de 100 km/h. Arriba apenas podíamos abrir los ojos pero, lo que podíamos ver, era impresionante. La base, abajo, una motita roja en un desierto blanco, una hormiguita entre las altas montañas y el mar embravecido.

Regresamos con la desazón de que sólo nos aguardaba una última incursión sobre ese territorio cautivador e inhóspito, que se convirtió en desolación cuando escuchamos en los altavoces que la última expedición quedaba suspendida debido a las adversas condiciones meteorológicas… así que no tuvimos despedida, sino que de repente supimos que el sueño había terminado.
Por suerte, nos quedaban casi tres días más junto con nuestros nuevos amigos, tres días de risas y por supuesto, de algún pequeño mareo.
13 y 14 de Marzo de 2015. Un poco alicaídos aunque con la sensación de tener la mente “llena” de algo único, de haber cumplido una ilusión, volvimos a atravesar el Drake. Con el pasaje y el oleaje, regresaron los pasillos vacíos, el comedor desolado y las bolsitas de papel diseminadas por cualquier barandilla. 

Nosotros, con alguna baja que otra, lo seguimos pasando en grande. La noche del 14, tras el cocktail con el capitán y una cena especial de despedida, lo dimos todo en una fiesta con tango incluido.
15 de Marzo de 2015. Tras pasar la noche más tranquila en el Beagle, llegamos de madrugada a Ushuaia, que nos recibía con un amanecer intenso en colorido y emociones. 

Abandonamos el Sea Spirit cargados de recuerdos, de fotografías, y con un grupo de amigos que no olvidaremos (y que volveremos a ver). Gracias Lucho, Fede, Marine, Alex y Sarah por hacer de este viaje algo tan especial.
Hasta aquí esta aventura… aunque nuestro viaje continúa.

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